Un pintor humanista

Artista auténtico, trabajador incansable, saltó de un movimiento a otro, de un estilo a otro estilo, buscando la expresión y la belleza y buscándose a sí mismo…
Diario LOS ANDES, Mendoza. Suplemento CULTURA, sábado, 08 de enero de 2005

Hace quince años, el 12 de diciembre de 1989, moría Enrique Sobisch en España. La imagen que más ha quedado en Mendoza es la del dibujante, ya que la línea fue durante sus primeros años lo que más cultivó y con características de excelencia. Militaba entonces en un expresionismo vigoroso, referido a temas y personajes nuestros, reales o literarios y resultaba semejante a Carlos Alonso, con quien compartió los mismos maestros y las mismas inquietudes. El gran pintor surge cuando ya se radica en Buenos Aires, en 1968 y se torna superlativo hacia la década del ’80 en España. Además, sus dibujos están diseminados en numerosos hogares del país, irradiando esa fuerza irresistible, dramática, de técnica admirable y con un hondo contenido social.

Su desempeño en la publicidad constituyó su fuente de ingreso y a la vez lo mantuvo dentro de una actividad afín, que lo conectaba tanto con la literatura como con el periodismo, ya que trabajó para las revistas ‘Criterio’, ‘La Gaceta’ y ‘Síntesis’ de México, diagramó libros para el Fondo de Cultura Económica e hizo innumerables trabajos de este tipo en la revista ‘Voces’ y en los suplementos de los diarios Los Andes y ‘La Libertad’, entre otros. También fue secretario técnico de Artes Plásticas de la Dirección Provincial de Cultura (58-59); director de Arte del Canal 9 (66-68); director de Arte del ‘Estudio 65’ y escenógrafo de Canal 9 y de las fiestas de la Vendimia ’58 y ’59.

Los dos años que vivió en México le sirvieron para acercarse a la técnica mural de Orozco y Rivera. Son suyos los murales del Círculo de Periodistas, el vitreux del panteón de esa misma entidad y otro que posee la enpresa ‘Insúa y Casale’.

En 1971 expuso óleos y dibujos de pequeño formato. A su dibujo excelente había sumado la calidez del color, siempre enrolado en el expresionismo. Al año siguiente, también expuso en el desaparecido ‘Taller Nuestro Teatro’, con ese dibujo eficaz e incisivo que lo caracterizaba, creando y recreando personajes cuyas expresiones ironizaba, a veces llegando al sarcasmo, otras con suave ternura, con verdadera potencia creadora siempre. Los colores predominantes eran el rojo y el negro y surgían personajes con diferentes matices de una misma negatividad: la frustración. La condena de estas mujeres es la soledad, patentizadas en su egoísmo, sumergidas en su refugio o en la oración o complacidas en su mundo mezquino, vacío, híbrido, sin esperanza.

En 1975 le vimos la muestra ‘Nicolino visto por Sobisch’ en el Sindicato de Prensa. El artista no buscó el retrato ni la desrealización de Locche, sino la exaltación espiritual. Es reconocible con nitidez pero está universalizado: no es el boxeador que nos dio triunfos internacionales sino esencialmente un deportista, un ser muy particular, que juega a la pelea. Este punto de vista -que también lo destacó Braceli- es un acierto plástico de Sobisch, que supo encontrar calidad artística en un encuentro de box y acentuar, justamente, el modo inimitable de boxear de Locche.

La última exposición que trajo a Mendoza fue en el ’79 en galería ‘Zoireff’. Pintor social por antonomasia, gustaba ironizar y apostrofar a los poderosos y a los autoritarios, a los indiferentes y a los mezquinos, como asimismo rescatar los valores reales a través de maternidades, niños, obreros y campesinos.

Antes de radicarse en España inició otra etapa, decididamente pictórica, en la cual la composición se serena, aparece construida y las imágenes son ingrávidas y oníricas. César Magrini dijo: “Incansable taumaturgo, quizás lo más notable, en la ya larga y rica obra de Enrique Sobisch, sea su evolución. Y en esa evolución hay, como es lógico, épocas”. Y más adelante afirmó: “Sobisch devuelve, en nombre de todos nosotros, parte de lo que Chagall nos ha estado dando. Recreación, sí. Los temas, las criaturas, los diálogos sobrenaturales del primero, a través del tamiz de la sensibilidad, de los sentimientos y de los sentidos del segundo”.

Artista auténtico, trabajador incansable, saltó de un movimiento a otro, de un estilo a otro estilo, buscando la expresión y la belleza y buscándose a sí mismo, y así tenemos un Sobisch impresionista como un Sobisch expresionista, hiperrealista o surrealista y excelente pintor en cada etapa.

El gran crítico español Raúl Chávarri, dijo:

“Sobisch mira hasta ir desentrañando las diferentes lecciones y dimensiones que la realidad le ofrece… hasta elegir la que considera más congruente con su personal visión de la existencia, de la cultura y de las relaciones entre las cosas. Su exploración no se dirige exclusivamente a la búsqueda de un territorio maravilloso e ilusorio que puede nutrirse de los sueños, sino que elige la opción que le parece más congruente, más adecuada para interpretar su lección de humanidad y explayar su categoría de humanismo.

“En este camino llega, algunas veces, a identificar con plena conciencia de lo que está haciendo, la imaginario con lo arbitrario, a colocarse en una dimensión privilegiada a la que no tienen acceso ni las quimeras ni las visiones, sino en la medida en que son producto de una voluntad de sentido de la imagen, que convierte a la realidad en alegoría y que sabe extraer de los símbolos, aquellos conceptos que le parecen más necesarios.

“Son poéticos los instrumentos con los que Sobisch elabora su teoría plástica. Son menciones de una arbitrariedad que existe en los seres y en las cosas y que el artista gusta de llevar a sus últimas consecuencias. Esta arbitrariedad mágica, que transfiere los planos, trasciende las imágenes y transporta las vivencias del ámbito de lo visual al de lo reflexivo, es el gran instrumento de una evolución transformadora y de una afirmación de estilo”.

Andrés CACERES

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